domingo, 11 de septiembre de 2011

Novela: Mensajes para un gran amor Capítulo 3



CAPITULO 3

CARTAS DE OTOÑO

(primera parte)





Transcurrió casi un mes, desde la primera visita a San Onofre de Jacqueline, y  de su encuentro con la señora Ester Molinari. La joven, recibió a diario llamadas telefónicas de su galante caballero de la rosa blanca, y comenzó un romance con el profesor Víctor Valente.
Jacqueline iba cada fin de semana al pequeño pueblo. Entabló una creciente amistad con Ester Molinari gracias a que su novio, solía llevarle nuevas publicaciones de libros a la mansión.
Los domingos por la tarde acostumbraban tomar juntas el té. La jovencita colaboró con la anciana en el cultivo de las semillas de rosas que había recibido. Solo quedaba esperar la primavera para ver los resultados del delicado trabajo. Por ahora las hojas doradas de los árboles anunciaban la llegada del otoño. Teresa seguía tratándola igual que la primera vez, pero Jacqueline terminó adaptándose, al raro comportamiento de la empleada.
Era viernes por la tarde, y ocurría  una situación nueva en la mansión Molinari. Ester había convocado al profesor Valente para proponerle que se ocupara de realizar un libro; dedicado a la memoria de su padre. Ella tenía suficiente dinero como para emprender esa clase de proyecto.
Un profesor de historia, a su criterio, era la persona ideal. Y Víctor, siendo un ciudadano local todavía mejor. Deseaba en el libro destacar todos los logros de su admirado progenitor.

- Profesor, la oficina de mi padre queda  a su disposición. -comentó entusiasmada Ester- Usted verá, que en ella hay archivos de toda clase. Aportaran una buena cantidad de material para el libro. Las memorias de mi familia están en esa oficina.

Mientras hablaba lo guiaba por un largo pasillo al el lugar, dónde el padre de Ester, por años, había manejado todos sus negocios. El profesor estaba alagado de que la venerable dama lo hubiese elegido a él para esa empresa. Lo eligió sin importar que fuera un hombre demasiado joven  y que nunca antes hiciera una tarea similar. A Víctor, le apasionaba la idea de poder desentrañar los  antecedentes de la familia Molinari quienes siempre en el pueblo, se comportaron en forma reservada, hasta casi misteriosa. Pero también ejercieron una enorme influencia en la comunidad.

-Es un honor para mí, la oportunidad que me brinda.-expresó con sinceridad Víctor-Me apasiona investigar sobre los orígenes de una familia tan respetada. Su padre, Don Benito, fue una figura muy importante para el pueblo. Le agradezco haberme elegido para escribir su biografía.

Ester colocó la llave en la cerradura de la fina puerta de caoba. Entraron a un amplio salón, totalmente alfombrado. Un enorme escritorio estaba ubicado en el centro, alrededor había varios baúles. Las paredes laterales eran bibliotecas, llenas de libros del piso hasta el techo.

 Detrás del escritorio, en un enorme cuadro, estaba el retrato del señor Molinari mirando fijamente hacia el frente. Parecía decir desde el muro: “Soy el amo de esta casa”.

-Pase profesor-lo invitó amablemente, al ver que Víctor seguía en el umbral de la puerta.

-La oficina de papá, desde ahora es un poco suya también. Le entrego esta llave maestra, con ella podrá abrir todo lo que ve aquí, desde los baúles y cajones hasta las puertas de esos aparadores.

-Gracias señora. Le prometo que seré cuidadoso con todo. No se perderá nada.-prometió, el joven.

- Voy a preparar unas tazas de té; hoy Teresa está de visita en el convento- dijo Ester- Lo dejaré tranquilo para que comience su tarea.

-Muy bien, señora Molinari.- respondió el profesor apoyando su maletín sobre una silla.

Víctor contempló en detalle el escritorio. Encima  estaban ubicadas diversas fotos, la mayoría en blanco y negro; en varias podía apreciarse la belleza de Ester durante su adolescencia. En una de ellas, era una niña y estaba sentada en el regazo de su madre, una delgada mujer de finas facciones. Las demás  eran de Don Benito con sus amigos.

-¿Por dónde empezar?- se rascó la frente mientras decidía. Llamó su atención un baúl bastante grande, totalmente tallado. Se dirigió hasta él, con su llave mágica. Lo abrió sin problemas.

-En éste baúl habrá algo interesante, para iniciar mi tarea – se dijo confiado.

Fue retirando todos los papeles que descubrió adentro. Al principio no halló nada sobresaliente.
Varias boletas pagadas; recibos de compras de víveres; escrituras de las tierras; muchas fotos de  don Molinari en el campo. Sacó todo lo que encontró, hasta dejarlo vacío y de repente algo le pareció extraño. Justo en el fondo del baúl. Golpeó la madera con los nudillos.

- ¡Un sonido hueco!-exclamó.

 Buscó con el borde de los dedos, una parte floja y pudo fácilmente levantar la madera.

-¿Doble fondo?-murmuró extrañado. Levantó una tabla.

Antes sus ojos aparecieron varios sobres de cartas desparramados. Cartas amarillentas, que nunca fueron abiertas. Juntó todos  los sobres sellados. Eran veinte en total.
 Las epístolas, cada una de ellas, estaban  dirigidas  a Ester Molinari. El remitente podía leerse con claridad:

-Fueron  enviadas por la misma persona-susurró Víctor, verificando en cada sobre, el mismo nombre: “Lucio Baltasar Bravo”.

- ¿Quién será?

De algo Víctor estaba seguro: no iba a preguntarle a la destinataria.Quería revisar una por una esas cartas misteriosas pero debía ser en otro sitio. Ahí podía interrumpirlo Doña Ester. Sin embargo, la curiosidad, lo obligó abrir una carta al azar. Nerviosamente, Víctor leyó en silencio las primeras líneas:


Mi amadísima Ester, me encuentro preocupado por ti. Algunos amigos me comentaron que tuviste que visitar al médico…”


En el pasillo, se escucharon los pasos de la dueña de casa acercándose. Ordenó velozmente todos los sobres y los metió dentro del portafolio que había llevado con él. Justo a tiempo pudo guardar su hallazgo.  La mujer abrió despacio la puerta y asomó un poco la cabeza le sonrió maternalmente y lo invitó a merendar juntos.

-Voy enseguida señora- le avisó el joven.

Apenas la mujer se retiró, regresó rápidamente, el resto del contenido a su lugar dentro del baúl. Cerró su maletín, se acomodó el cabello y cerró con llave la oficina.





Todos los días viernes, por la tarde, Teresa iba al convento. Le gustaba conversar con las hermanas y sobretodo con Sor Inés, pasaba una tarde a la semana alejada de las ocupaciones de la mansión. Además era el día que las monjas amasaban un delicioso pan casero. La mucama compraba siempre varias hogazas, para su patrona.

-¡El aroma del pan casero es delicioso, madre Inés!-exclamó Teresa- A doña Ester le gusta tanto. Por eso todos los viernes debo llevarme al menos tres panes.

-¡Que alegría, que le guste! Con la venta semanal, logramos reunir el dinero para cubrir los gastos diarios del convento.

Sor Inés había preparado dos tazas de café. Salió de la cocina junto a Teresa, y las dos mujeres se acomodaron en sendas sillas de mimbre, para disfrutar de la soleada tarde de otoño en el enorme patio del edificio.

-La señora Molinari a sus setenta años se ve tan saludable y llena de energía- comentó Inés que admiraba, la vitalidad de la patrona de Teresa.

-Doña Ester no tiene setenta años, en realidad tiene sesenta y dos. Se agrega varios años porque es muy coqueta. Le gusta que la gente le diga que se ve mucho menor -explicó Teresa.

Sor Inés no pudo reprimir una risa infantil. Era un buen método para lucir más joven.

 -¡Vaya que gracioso! De todas maneras se nota todavía que en su juventud fue una mujer muy bella- comentó Sor Inés- ¡Y cómo toca el piano! Con las hermanas pensábamos invitarla a participar en  una función  a beneficio de nuestro orfanato. ¿Le parece que aceptará?

-Preguntándole no se pierde nada- dijo la empleada con cierta ironía en su voz.- Antes no salía jamás de la mansión, pero últimamente se ha vuelto muy sociable.

Esa tarde Teresa quería hablar con la hermana sobre un asunto bastante delicado. No estaba segura de como comenzar. Toda la noche había estado pensando, de que forma reaccionaria la religiosa ante lo que iba a solicitarle.

-Madre Inés. Yo quiero pedirle un enorme favor- balbuceó Teresa- Se trata de algo que podría cambiar mi vida, y solo puedo confiar en usted.

Teresa tenía treinta y cinco años, nacida en el pueblo al igual que su madre. Su padre fue un farmacéutico, un buen hombre que había fallecido hacia ocho años. Desde entonces, la madre de Teresa, vivía en un departamento en la capital. Apenas murió su esposo, la mujer le pidió a su hija que la sacara del pueblo. Vendieron la farmacia junto con su vivienda. Pero Teresa no se marchó de su lugar natal.
La muerte de su padre determinó que ella tomara  serias decisiones, respecto a como continuaría su vida. Renunció inmediatamente a su puesto de maestra, y solicitó empleo en la  Mansión  Molinari. Ester Molinari, no había dudado ni un segundo en contratarla.
Así Teresa se mudó a la enorme residencia, ocupando el puesto vacante de ama de llaves. Porque quién lo ocupara previamente por años, doña Nicoletta Fratelli, se había jubilado. La compañía de una docente era perfecta para ella.
Ester apreciaba tener a su lado una persona adecuada, para mantener conversaciones de temas culturales. Ambas mujeres solían hablar de literatura, música, historia y de cine. Esto último era lo único en lo que no coincidían. Ya que la señora Molinari  gustaba de un limitado catálogo de películas. Su favorita, El mago de Oz, solía verla tres o cuatro veces en la semana, obligando a Teresa a sumarse como espectadora.

Sor Inés colocó su taza sobre la mesa, extendió su mano para estrechar la de su amiga. Ofreciéndole una sonrisa como prueba de  su sincera amistad, le dijo:

- Teresa, puedes contar conmigo para lo que sea. Prometo ayudarte en cualquier problema que tengas, no dudes en abrir tu corazón que nuestro Señor, nos ayudará a encontrar la solución- le dijo afectuosamente la monja.

El altruismo de Inés, le confirmó a Teresa lo que ella pensaba: Podía confiar en la religiosa.

-Temo... que tal vez sea demasiada molestia éste favor que necesito pedirle-murmuró Teresa, bajando la mirada.

-Cuéntame sobre que se trata,  no sientas vergüenza-le pidió Sor Inés.

Teresa que había ensayado sus palabras cuidadosamente, bajó la voz y dijo:

-Hay internada una persona... a varios kilómetros de aquí. Que sólo a usted, le permitirán hacerle una visita,- le remarcó- esta persona se encuentra en una casa de cuidados especiales. Una casa  que funciona como un establecimiento psiquiátrico.

-¿Quieres que pregunte acerca de su salud?, ¿es un familiar tuyo?- inquirió Sor Inés.

-En realidad...necesito que usted le pregunte...a esa persona algo respecto a mi familia. El paciente que le pido que visite puede confirmar lo que sospecho; no será fácil conseguir su testimonio pero es fundamental su palabra.

Sor Inés siguió escuchándola, y mientras reflexionaba. Esperar que alguien, con problemas mentales, diera una respuesta fehaciente sobre un hecho cualquiera, era un asunto complicado.  Pero  había ofrecido su ayuda a Teresa,  así que ella, lo intentaría como buena  cristiana y como amiga.

-El paciente internado en la clínica vivía en este pueblo hace muchos años. Y es el único que puede aclarar un rumor que siempre corrió entre los vecinos. Un rumor que me molesta y  que siempre necesite saber, si era verdad.- continuó Teresa.

-Teresa, mi querida amiga,¡sabes que sucede eso en comunidades pequeñas! Un rumor es una noticia no confirmada. Al final termina siendo un simple chisme de gente que inventa cosas- añadió convencida Inés.

- Lo sé, pero por favor ¿irá por mí a ver esa persona?-interrogó suplicante la mujer. Notando que  a la madre Inés no hallaba fundamento, para realizar un viaje buscando confirmar supuestos dichos de la gente.

-¿Qué necesitas saber?-le preguntó intrigada la religiosa.

-Si don Benito Molinari...era mi bisabuelo- respondió Teresa.



Continuará...





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