viernes, 16 de septiembre de 2011

Novela: Mensajes para un gran amor Capitulo 3 (Continuación)



CAPITULO 3

CARTAS DE OTOÑO

(Segunda parte)



 En la residencia Molinari también se compartía la espléndida  tarde, con una taza de té humeante y perfumado, Victor y Ester, platicaban de temas menos trascendentales que los de Teresa e Inés.

-¿No tiene un sabor delicioso? Siempre agrego unas cascaritas de naranja en el agua, le dan un aroma especial-explicaba a su acompañante, Doña Ester-¿Azúcar, profesor?

-Si tres cucharaditas, por favor.

Víctor tenía  en su regazo, el portafolio con las cartas dentro y sentía que le quemaban sobre sus rodillas. Pensaba tomar el té y despedirse hasta el lunes siguiente. En la intimidad de su casa examinaría esos sobres uno por uno. Ester saboreó satisfecha la infusión y sonriéndole preguntó:

-¿Encontró algo interesante cómo para comenzar escribir?

-No.

Contestó fríamente Víctor Valente, se sentía apremiado por el pequeño crimen de llevarse aquellas cartas a escondidas. También estaba un poco sorprendido que Ester no conociera de memoria lo que había en la oficina de su padre, y en el fondo, temía que ella se arrepintiera de darle tanta libertad para manosear documentación personal sin su supervisión. Le respondió, con más calma para no despertar sospechas en la anciana.

-Todavía no revise con detalle. Apenas abrí un solo baúl, donde había varios recibos de compras.

-Mi padre era un hombre muy ordenado, guardaba todo. Seguro hallará cosas interesantes para el contenido del libro -le comentó la anciana.

-¡Por supuesto!-aseguró Víctor, tratando de disimular su verdadero entusiasmo por su reciente descubrimiento.

-Papá, llegó al pueblo acompañado de mi madre, eran una joven pareja sin mucho dinero, y gracias a su sagacidad logró forjarse una fortuna rápidamente.

-Cuando murió su madre ¿Él personalmente se ocupó de su educación?- interrogó el profesor.

- Exactamente profesor. Papá era un hombre muy culto. Le fascinaba el arte y la música. Por eso yo tuve clases de piano desde muy pequeña, permanecí en mi hogar pero, no me faltaron buenos profesores-dijo Ester con orgullo.

-¿Don Benito, no pensó en casarse de nuevo? ¿Buscar una nueva madre para usted?

- Amó demasiado a mi madre, y respetaba su memoria- le contestó con seguridad- Toda su vida la dedicó a su trabajo. Siempre estuvo ocupado conmigo y sus negocios.

Ester cambió de tema.

 -Cuénteme, ¿Cómo se encuentra Jacqueline?

-Muy bien. Vendrá dentro de unos días, debe rendir varios exámenes. Cursa el primer año de literatura- le dijo Víctor.

-¿No es el destino algo curioso? Encontrar el amor de una forma tan casual. Jacqueline vino al pueblo porque su trabajo exigía entregar una encomienda- y agregó con picardía- Gracias a esa tarea lo conoció a usted.

El comentario de Ester fue la forma perfecta de llevar la plática a un terreno más jugoso.

-Así es el amor, puede aparecer de pronto. No quisiera ser indiscreto pero... tengo entendido que en su primera visita, hablaron de grandes amores-exclamó despreocupadamente el muchacho.

-Profesor, yo también  fui joven. Tuve la suerte de conocer los efectos del enamoramiento. El amor puede llenarte de felicidad un día y de tristeza el siguiente. Mis momentos vividos fueron muy dispares, pero aprendí a guardar sólo los bellos recuerdos.

-¿Tuvo un único gran amor?-Víctor se mordió los labios. Era muy directo, casi un atrevimiento la pregunta.

La anciana reflexionó unos segundos y respondió:

- Honestamente si. Yo tenía dieciséis años la primera vez que lo vi-en la mirada de Ester asomó un leve destello-Jamás pensé que iba a corresponderme.

Siguió hablando emocionada con el recuerdo.

-Como toda mujer enamorada,  sentí que mi alma se despegaba de mi cuerpo, cuando lo conocí. Era un hombre elegante, alto, simpático y muy educado.

Los dos se quedaron en silencio unos instantes bebiendo pequeños tragos del té caliente. Entonces Ester, ruborizándose, le confesó a Víctor:

 -Era un gran amigo de mi padre. Nunca pasó por mi vida otro hombre como él. Lucio fue el único verdadero caballero que encontré.

La fisonomía de Víctor permaneció tranquila al escuchar el nombre de Lucio, pero su corazón latió con fuerza contra su pecho. ¡Las cartas, que llevaba escondidas en su portafolio!, todas  eran de ese tal Lucio. Y no iba a entregárselas a la destinataria.
Víctor había aceptado el ofrecimiento de Ester por una clara razón, realizar un libro que se vendiera con éxito y  le diese fama. Esas viejas cartas podían serle muy útiles.
El profesor tenía conocimiento, por versiones de varios vecinos de la comunidad, que en la familia Molinari  nada era lo que parecía. Su real intención era escribir un libro con un perfil escandaloso.
El padre de Ester, se radicó en el pueblo junto a otras familias y obtuvo su fortuna de manera poco honesta. Fue un hombre dedicado a las importaciones y exportaciones de diferentes tipos de mercadería, y además, un prestamista. En su oficina con paciencia hallaría las pruebas de posibles estafas, llevadas a cabo por Don Benito.
La aparición de nuevos misterios dentro de la familia significaba, para Víctor, poder desarrollar una historia más atrayente a los lectores. ¿Cómo lograría ése resultado el profesor?
 Simplemente con la revelación de todos los secretos de los Molinari, expondría lo que hubiesen escondido sin escrúpulos, ni reparos. El joven profesor ansioso por marcharse anunció que se retiraba.

-Agradezco toda su amabilidad señora Ester. El lunes regresaré temprano para dedicarme completamente a mi investigación.

-¿A qué hora lo espero? Le diré a Teresa que esté atenta  a su llegada-exclamó sonriendo Ester.

-Desde la escuela vendré directamente para aquí.-respondió él.

-Muy bien, entonces avisaré a Teresa, que coloque un plato más en la mesa. Almorzaremos los dos en el comedor principal.

-No quiero resultar una molestia.

-Por supuesto que no lo será. Siempre estoy sola en la mesa .Es hora de empezar a cambiar esa situación- y le pidió que no se olvidará de traer a Jacqueline cuando viniese a visitarlo.

- Ella vendrá a saludarla como siempre- le aseguró.

 Víctor se despidió, dándole la mano a la dueña de casa. Caminó por el largo pasillo, que lo llevaba hasta la puerta principal, apretando fuertemente el portafolio bajo su brazo. Tuvo la sensación de comportarse como un ser extraño, como un animal, como un buitre. Un ser carroñero, que se deleita gracias a  la desgracia de otro ser. El mundo estaba lleno de carroña él usaría un poco a su favor.
En su casa, esa noche,  revisó, uno por uno, los sobres. Observó los sellos postales atentamente tenían las fechas un poco borradas. Habían sido enviados todas las semanas durante  cinco meses, entre los meses de otoño e invierno, de hacía cincuenta y dos años.
 Todos esos años, los sobres permanecieron cerrados y escondidos, dentro de aquel baúl en la oficina de Benito. El joven  se pasó la mano por la frente. El remitente le preocupaba, el nombre Lucio Bravo,  se le hacia demasiado familiar. Alguna vez...lo había escuchado.

-Ella dijo que era un amigo de su padre- recordó Víctor-Quizás un socio de Benito...

 Aunque la publicación de la biografía seria financiada por Ester. Los planes de Víctor eran ofrecer el libro a una importante editorial que le diera la posibilidad de ser conocido internacionalmente como escritor.
La vida de Benito Molinari, un millonario desconocido, podía ser un tema difícil de vender a un editor, si le faltaba un conflicto atrapante. La solución a sus problemas estaba en sus manos, en esas cartas de amor, dirigidas a Ester. Fácilmente podría utilizarlas para su libro.





Adrián llevaba tres días en el pueblo. Las cosas  no estaban resultando tan sencillas, como había imaginado en su casa. Sus tíos se mostraban felices con su estadía. Sin embargo, el tío Florián, se sintió preocupado apenas supo en que consistía el rodaje.

-Sobrino hay un problema muy sencillo en el asunto -dijo seriamente el anciano.

-¿Cuál tío? ¿Crees que todavía la gente tendrá miedo de hablar?


-Querido. La mayor parte de las personas de esa época fallecieron. Con suerte encontrarás uno o dos que te ayuden- le explicó.


 El muchacho no se dejó desilusionar. Empezaría grabando el relato de su pariente, y después vería la forma de continuar. Su primer registro fueron los recuerdos de su tío. Grabaron en el exterior de la casa, eligiendo un rincón soleado en el patio. Florián no quería que su esposa escuchara y se pusiera celosa. Por eso aprovecharon cuando ella estuvo ocupada amasando el pan.

-¡Listo! -le avisó su sobrino- Tío, la cámara ya está filmando. Cuente todo lo que recuerde de ella.

-Bueno a ver... Era muy bonita, rubia, parecía de oro su cabello y se peinaba como se usaba en aquella época con unos largos bucles. Tenía los ojos verdes como esmeraldas. Era alta y delgada
 ¡Su sonrisa era la más bonita del mundo!- con un tono entusiasta Florián, prosiguió- Dos veces por semana, ella venia al centro del pueblo a comprar pinturas, en una pequeña tienda.

-¿Pinturas? ¿Óleos?-preguntó el muchacho-¿Pintaba cuadros?

-Exactamente. Algunas veces, yo la espiaba de lejos.-confesó el tío, ruborizándose - En el patio de su casa estaba siempre con su caballete. Y pasaba la tarde concentrada en sus dibujos.

-Entonces por algún lado habrá un cuadro realizado por ella-dedujo el joven

-En su casa seguramente ¡Pero ahí no podemos ir!- sentenció Florián, y el temor resplandeció en sus ojos  por unos segundos.

-Tranquilo tío. Te prometí que no provocaríamos  problemas con mi documental-le aseguró Adrián.

El anciano se acomodó en la silla, apoyó su mano derecha en el mentón y siguió relatando:

-Un día le pregunté a la encargada de la mansión porque ya no se la veía por el pueblo y me contestó que estaba muy enferma. Que por recomendación del doctor, la mandaron unos días a la casa de un pariente.

-¡Y no regresó más!-interrumpió Adrián.

- Por suerte si regresó. Y estuvo todo el verano, yendo y viniendo como siempre. Paseaba feliz por el pueblo montando a su caballo. Cuando llegó el otoño se quedó recluida, en su casa y no volví a verla.

 -¿Se  enfermó otra vez?- dijo el joven

- Los chismes decían que se había enfermado gravemente un familiar y que ella lo cuidaba.

Respondió Florián.

-¿Sería su padre?

-No creo. A don Benito jamás se lo vio enfermo. Murió en su casa de un ataque cardiaco.

Florián en su voz no disimuló su decepción. En realidad le habría gustado que sufriera bastante antes de morir.

–  ¡Nunca  ese viejo estuvo en un hospital!- expresó enfáticamente.

-Pero... ella, ¿ya no aparecía por el centro del pueblo a comprar sus pinturas?

- ¡El dueño del negocio me dijo qué no la conocía! ¡Qué nadie compraba ése tipo de cosas!

- Quizás no la recordaba el dueño de la tienda- sugirió Adrián, aunque era raro olvidarse de una de las hijas del hombre más rico del pueblo -No averiguaste en su casa si otra vez estaba de viaje.

-Yo de joven trabajaba  en el molino y entregaba las bolsas de harina a domicilio. La última vez que fui a la mansión me dijo la encargada:”Ya no necesitamos el pedido semanal” y entre enojada y asustada me aconsejó, “Mejor no andes preguntando por nadie de la casa”

- Claramente una amenaza.

-No- afirmó Florián-. Yo creo que  doña Nicoletta quería protegerme de don Benito.

-¿Alguna vez  te habló directamente ese hombre, tío?

- No, jamás. Pero a la mansión, cuando llegaron nuevos empleados, de varios me hice amigo. Todos me decían: “No hay ninguna muchacha en la casa, como la que buscas”.

 El desconcierto y la tristeza todavía pesaban en el corazón de Florián, y terminó su relato a media voz, como si el dolor fuera reciente.

-Nunca supe que sucedió con ella.






Mensajes para un gran amor 2010  Argentina
Autor: Adriana Cloudy Todos los derechos reservados ©

Continuará...





1 comentario:

KoReTa y DaEg dijo...

que bueno que solo fuera un simple relato, es una pesadilla que llevo desde pequeña se manifiesta de diferentes maneras pero siempre son zombies quien sabe por que, pero me encanta el cine de horror