lunes, 7 de noviembre de 2011

Novela: Mensajes para un gran amor CAPITULO 4 (Continuación)




CAPITULO 4

Cuéntame al oído tus secretos

(cuarta parte)





Sor Inés regresó al convento cuando ya caían las primeras horas de la noche. Traía el diario, que le había entregado el director de la clínica, donde permanecía internada Dalila Molinari. Ese diario perteneciente a una adolescente perturbada, ¿guardaría detalles familiares?, ¿escondería en sus páginas una información  tan escabrosa cómo la que necesitaba Teresa?, ¿rebelaría semejante intimidad familiar?
Una jovencita escribiría sobre sus sueños y proyectos pero, Inés estaba segura, que el diario era el testigo de las angustias vividas por la hermana menor de Ester en el pasado.
Realmente la religiosa no entendía el por qué, Dalila Molinari, prácticamente  había sido abandonada en aquel nosocomio durante tantos años. Su hermana mayor actualmente vivía una vida  solitaria en esa enorme mansión; las dos, eran ya personas mayores y no tenían familia que les brindara cariño, no importaba el pasado las  hermanas debían estar juntas en la última etapa de sus vidas. Ester podía ir a visitarla de vez en cuando, la sangre es un vínculo irrompible, el amor fraternal no podía desaparecer, al menos eso pensaba sor Inés.
Apenas llegó al monasterio avisó a la Madre superiora que estaba de regreso y le pidió permiso para retirarse a su cuarto, sin participar de la cena con el resto de la congregación. La religiosa necesitaba reponer fuerzas y despejar por un rato su mente. El encuentro no había sido muy agradable, aunque ella sabía bien a que tipo de lugar se dirigía cuando aceptó ir.
Sor Inés siempre estaba dispuesta a realizar todos los mandados que le pidiera la Madre superiora sin protestar. Su buena disponibilidad le sirvió para ganarse unos cuantos privilegios, como por ejemplo, tener una habitación para ella sola. El resto de las hermanas se agrupaban de tres o cuatro por recámara. Siendo también la encargada de manejar la camioneta, Inés gozaba de bastante libertad. Resultaba gracioso que, a pesar de su gran vocación, no era una monja que tuviera afinidad al claustro. De temperamento muy inquieto prefería andar de aquí para allá, manteniéndose ocupada y tratando de hacer cosas que resultaran productivas. La Madre Superiora amablemente le dio permiso para  descansar sin hacerle preguntas sobre su viaje.

Inés continuaba dolida por haber provocado una crisis en la hermana de Ester. Realmente no fue su intención perturbarla en ningún momento. Ella estaba segura que el dolor de Dalila seguía vivo a pesar del tiempo sobretodo porque, cómo le había explicado el psiquiatra, los años no habían transcurrido para la mente de Dalila. Teresa esperaba descubrir si estaba emparentada con la atormentada anciana. Pero la anciana  no deseaba que le mencionaran a su propia familia. Eso estaba claro para la religiosa, porque Dalila comenzó a gritar, al escuchar el nombre de Ester.
Entonces, lo que fuera que le hubiese sucedido cuando era una adolescente, permanecía fresco y presente en su mente sin permitirle soltar la pena. El diario sería la puerta por abrir, del arcón que rebelaría la respuesta, y quizás, hasta el nombre del responsable de su martirio. Inés necesitaba leerlo minuciosamente. Y por supuesto, debía esconderlo bien. Ninguna persona podía  enterarse que estaba en su poder. Proteger la intimidad de Dalila Molinari era imprescindible. Esa  mujer no tenía nadie que la defienda o la ayudara a superar sus sufrimientos. Y por supuesto era la otra heredera, de la enorme fortuna Molinari, un detalle que podía atraer rápidamente la atención  pública.
Inés se sumergió en un baño caliente, para aliviar la tensión, luego llevó una bandeja de tostadas y café con leche a su habitación. Después del baño, la monja, se sentó en su cama. Con delicadeza empezó abrir el bolsito rojo y extrajo el diario. Estaba concentrada realizando esta tarea, cuando de pronto se detuvo. Nunca  lo había hecho antes, sin embargo Sor Inés no dudó, fue hasta la puerta de su habitación y la cerró con llave. No quería ser interrumpida. Además, si otra religiosa le preguntaba de qué se trataba ese libro o dónde lo había obtenido, se exponía a pecar con una mentira.  Conocer el contenido del diario, de la infortunada Dalila Molinari, era algo para sus ojos y nadie más.
 Esa noche se comprometió en sus oraciones a no divulgar lo que encontrara en su lectura. Pero ayudaría a Teresa, y si era posible, también a Dalila  para que ambas se reunieran en el caso que fueran parientes. Al terminar sus plegarias comenzó la lectura: El libro estaba forrado en cuero marrón, y en su portada estaba grabado en dorado dos rosas entrelazadas. Sus hojas, por los años, estaban amarillas y se las notaba muy frágiles. Inés examinó la primera página. Se hallaba escrita una breve introducción con una elegante letra cursiva.

Leyó  lo siguiente:


“Este diario sirve  para que mi alma pueda confesar todos mis pecados, todos mis deseos y esperanzas.   Todos mis odios.”

Diario     de    Benito Efraín Molinari.


En casa de Florián, el equipo de filmación fue guardado con cuidado. Los dos hombres no hablaron en el trayecto de regreso. El pobre viejo no tenía la culpa de lo sucedido pero, Adrián se conocía bien y si hacia comentarios estando enojado, seria una lista de miles de improperios que no quería formular ante su tío. Después de cenar finalmente le preguntó a su tío:

-¿Pero qué rayos le pasó a ese sujeto? Ni siquiera quería escuchar una explicación.

-Me parece extraña la actitud del profesor Víctor Valente. Capaz se enojó porque estaba con él su novia- respondió su tío.

-¿Esa chica es su novia?

-Si.-afirmó Florián. Que se había enterado de los detalles, gracias a varias vecinas.

- No es de acá, viene a verlo los fines de semana, trabaja en la capital. Seguro le molestó que estuviéramos en su casa justo el día que vino ella.

- Pasó mayor vergüenza con el escándalo que armó-sentenció Adrián- Pero por suerte, a pesar del mal rato, creo que conseguimos unos datos importantes-comentó con picardía el joven.

-¿Cuales datos?-preguntó el tío.

-¡Esa amiga de la desaparecida! La cuñada de nuestra entrevistada de hoy.

El chico sonrió triunfante y aseguró.

-¡La buscaremos enseguida!

-¡Yo sé adónde la podemos encontrar!- confirmó entusiasmado el tío.

 No había duda que el proyecto de su sobrino rejuvenecía a Florián. Era como ser parte de una novela policial. El viejo se sentía feliz de las actividades que ambos realizaban juntos. Continuarían trabajando hasta descubrir la verdad.

-Ahora tío, dígame ¿usted sabia de esa otra chica que mencionó doña Ethel?- le preguntó Adrián

- ¿Rita? era la hija de la niñera de las muchachas Molinari. Se criaron juntas- dijo Florián.

 El anciano dio una vuelta por la habitación, rascándose la cabeza. Se acomodó en un sillón, cruzó los brazos y buscó un instante en su memoria.

-Pero ella...se fue con su madre- y bajando el tono de voz, para que no escuchara nadie más que su sobrino, le relató un célebre chisme local:

-Eso si. En el pueblo se decía que era media hermana de las chicas. El viejo Molinari llevó una mujer a la casa, cuando Ester tenía tres años. Su esposa estaba embarazada de Dalila y tenia algunos problemitas de salud.

Florián le hizo una señal a Adrián para que se sentara junto a él  y siguió contándole aquel famoso evento que daba vueltas en la boca del pueblo.

- Entonces, apareció Don Molinari con una mujer bastante linda que tenía una bebita de un año. Esa niñita era Rita.  Siempre tuvieron varios sirvientes en la casa, pero ella se dedicaba a cuidar de su esposa y  de las dos niñas. Todos decían que se trataba de un amor secreto de Molinari, y lo metió en su casa como si nada.

- Me parece que exageraron tío, ¿no habrá querido ayudar a una joven mujer? Si estaba sola con una criatura, y  sin nadie a quién recurrir. Llevarla a su casa fue una forma de darle hogar y trabajo.

 Para el muchacho solamente se trataba de eso, pero el tío Florián  que conocía  bien las mañas de aquel viejo zorro, le afirmó:

-El viejo Molinari, no era ningún santo. Y no hubiese ayudado ni a Cristo a sacarle un clavo de la mano.


Continuará...







Mensajes para un gran amor  Argentina- 2010
Autor: Adriana Cloudy © Todos los derechos reservados


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