miércoles, 29 de enero de 2014

El soldado que amaba demasiado




El soldado que amaba demasiado


La destartalada camioneta se abría camino entre el fango, gracias a la tenacidad de su corpulento conductor. Toda la noche había diluviado y el camino parecía derretirse bajo las ruedas del pesado transporte. En un costado del sendero, un joven soldado luchaba por no resbalarse y tambaleando buscaba con la mirada zonas más fuertes dónde ir apoyando los pies, para evitar caerse.
Se trataba de un muchacho veinteañero, pero las experiencias en el frente, le habían endurecido sus facciones. Sebastián sabía que la guerra le había agregado años a su rostro, y no era solamente por las noches de tensión en las barracas, era por todo a lo que se expone el espíritu de un ser humano, en un conflicto bélico. De todas formas, esas duras vivencias, no habían podido contraer su honestidad y sencillez. Caminar en medio de ese clima, lejos de molestarle le parecía un privilegio. Su figura fue detectada enseguida por el conductor, que tocó un par de veces la bocina y al detenerse, se asomó por la ventanilla exclamado con alegría:

— ¡Soldado, qué linda mañana para pasear!  ¿Para dónde va?

—A mi ciudad, es la primera que aparece cuando se cruza el puente.

— ¡Suba soldado que lo llevo! Hoy es su día de suerte, tengo mercadería que entregar en Santa Rita.

El joven abrió la puerta de camioneta y el chofer se sintió cohibido. No era un simple soldado. Llevaba insignias de sargento mayor y una brillante condecoración pendía en su chaqueta. Extendió su mano, ofreciendo el saludo a manera de disculpa, al reconocer el rango y temiendo ser reprendido por su exceso de confianza.

— Soy Carlos, para servirle oficial.

Dentro del vehículo, Sebastián, arrojó a sus pies el bolso que cargaba y retiró el casco de su cabeza. 
Era un chico bastante pálido y ojeroso, que de seguro llevaba meses, sin conocer lo que es poder dormir de un tirón. Correspondió el saludo con un firme apretón de manos que le gustó al rústico transportista. Y le pidió descartar las formalidades.

—No me diga oficial, por favor, mi labor relacionada con el rango militar ya terminó. Mi nombre es Sebastián.

—Cómo usted diga, Sebastián.

Realizadas las presentaciones correspondientes, Carlos, se puso en marcha manteniendo con el sargento una animada conversación, sobre el proceso de superar las consecuencias del conflicto y seguir adelante. La paz era tan difícil como la guerra, porque habría que levantarse cada día tratando de reponer todo lo perdido.





—La guerra hizo que escaseara el trabajo. Yo no puedo quejarme, siempre pude realizar unos viajecitos a Santa Rita y a otras ciudades cercanas, llevando azúcar o harina. No convenía tratar de hacer entregas en grandes cantidades ni acercarse a la capital porque los militares te detenían y  se llevaban casi todo.
 
Carlos apretó los labios, ese sincero comentario, no tenía intención de agraviar al oficial. Y quizás a su acompañante poco le importara, las quejas de un chofer que por su edad, no fue llamado a servicio. Criticar el accionar de quienes tuvieron que defender el país no era adecuado. La prudencia y la buena educación le sugerían mejor cambiar de tema, y hacer un esfuerzo para ir olvidando esos penosos días.

—¿Y qué me dice? No hay nada mejor como poder volver a casa.

El sargento sonrió, ante la respuesta que le ahorró el chofer.

— A casa, a dormir, a comer tranquilo y estar cerca de la gente que uno quiere.

—Se alegrarán mucho de verlo soldado… perdón, Sebastián.

— Mientras se alegre una persona, me alcanza. Esa será mi mayor recompensa.

— ¿Una personita especial?

—La dueña de unos ojos y una sonrisa, que me acompañaba cada noche en mis sueños, si no fuera por ella, yo no estaría aquí tratando de regresar. Ella es la luz de mi vida.

Carlos afirmó satisfecho con un movimiento de cabeza. Cuando existe esa clase de compañía en los sueños, se tiene una razón para mantenerse vivo en medio de tanto infierno.
Cruzando el puente apareció la pequeña población de Santa Rita. Ciudad natal del soldado.
Sebastián se despidió, prometiendo reunirse con el conductor en otra ocasión, para compartir unas cervezas.





Sebastián es un soldado, como muchos otros soldados, cuyo regreso a casa lo llena de incertidumbre. Su corazón lo incita a recuperar lo que tantas veces durante combate ha temido perder. Y ahí de pie, se encuentra nuevamente en su hogar, deseoso de ser recibido con un abrazo.
 Dudó un instante, no estaba seguro dónde dirigirse primero; había otra mujer que también lo esperaba. Golpeó la puerta y enseguida apareció en el umbral esa sonrisa que Sebastián amaba desde lo más profundo de su corazón. A esa sonrisa, se le unieron las palabras que durante meses ansiaba volver a escuchar:

—¡Hijo…hijo mío! ¡Por fin estás en casa! Yo sabía que Dios cuidaría a mi hijo.

Entre sus brazos, el fuerte soldado, se convertía otra vez en el niño que se acurrucaba en las noches sobre su regazo. Estaba en casa, para poder compartir la mesa y tomar de la mano a su madre...Si, Dios por fin lo recompensaba, por soportar tanto horror y sufrimiento en la trinchera. Y recompensaba a esa madre, que tantas plegarias elevó al cielo rogando poder ver el rostro de su hijo, otra vez.
La madre también lucía pálida, delgada y demacrada. También ella, sin estar en el frente de batalla, había luchado una guerra personal contra el dolor y el miedo.
¡Cuántas madres como ella pasan en el mundo noches sin dormir! Y durante el día, viven ahogando en su interior las lágrimas de angustia pensando, ¿cuándo regresará mi hijo?

—No llore mamá. Míreme estoy bien. No hace falta que se preocupe.

— ¡Vamos a la cocina a desayunar! Te voy a preparar un café con leche  y  pan con dulce.

Esas pequeñas rutinas  junto a su madre tienen más valor que cualquier medalla, para Sebastián.
Y buscando regresar a su antigua vida lo antes posible, se ofrece él mismo, ir a la panadería. Su madre le advierte que haga respetar su rango militar, así el panadero, no le negará unas piezas extras de pan. Todavía el gobierno supervisa las provisiones que recibe la población. Hay que recuperarse y eso será tan difícil, como la guerra que acaba de terminar.
Un pensamiento ha impulsado todo este tiempo, al cansado cuerpo del soldado: su gran amor, su único amor. Quiere verla, y su madre le ha dado el pretexto que hace posible ir a su encuentro.
Gabriela vive enfrente de la panadería.




Eligió el trayecto más bonito del pueblo, para rememorar los paseos de la mano con Gabriela; evoca mentalmente las tardes de primavera y otoño recorriendo juntos esas callecitas.
No tuvo que esperar demasiado para ver cumplido su anhelo, en la fila para comprar el pan, distinguió la figura de  la mujer que amaba. Luce tan linda como en sus sueños.
No se da cuenta que él la observa, está distraída mirando unos niños jugar.
 Sebastián teme que no lo reconozca con el uniforme y piensa, que sería mejor acercarse a ella cuando se haya quitado esa ropa que simboliza la razón de la separación entre ellos, una separación demasiado larga.
Da media vuelta para regresar a su casa. Pero Gabriela lo ve. Con un gesto de sorpresa cruza la calle, mirando previamente sobre su hombro y con un paso nervioso se va acercando hasta él.

 —Regresaste Sebastián…no puedo creerlo…todos repetían que después de tres años, no volverías.

—Esos que hablan, no saben lo importante que es para mí, una chica llamada Gabriela.

Intenta abrazarla, sin embargo, a pesar de la mirada emocionada de la muchacha, ella retrocede.

—Sebastián, me alegra que te encuentres bien, pero…mi vida es diferente ahora.

¿Es honesta al decir que sólo su vida ha cambiado? Enseguida reconoce…

 —Yo soy diferente. Muy diferente a la joven que amaste.

—Mi amor, te quiero y siempre voy a quererte. Cada día, cada noche, estabas en mis pensamientos…

—Te fuiste, Sebastián. Cuando te pedí que no me dejaras, te fuiste sabiendo cuanto temía perderte.

—A pesar del dolor que te cause, no me arrepiento de haber entrado al ejército. Si me quedaba en la ciudad,  ahora sentiría que fui un cobarde y yo no podría vivir como un cobarde.

— ¡No serias un cobarde para mí! Éramos tan felices y sufrí mucho cuando te marchaste... me costó mucho entender que luchar era tan importante para ti.

—Gabriela, hice lo mejor que pude como soldado, como hombre. Nunca quise perderte, sobreviví cada día para poder regresar a tu lado. Todo tiene un costo en la vida, si ganas algo no podrás impedir perder otra cosa que también amas, eso me enseñó la guerra. Pero el amor que siento, ese amor que nos unía, me mantiene respirando y sé que es momento de tener la vida que planeamos.

De su boca salen las palabras que ella tanto ha deseado escuchar. Sin embargo, cada persona cercana a Gabriela le aseguró que una explosión había terminado con el regimiento de Sebastián.
Durante tres años no hubo noticias, ni un cuerpo que sepultar y esto provocaba una horrible incertidumbre en la jovencita. No estaba preparada para sentirse sola y al perder comunicación con su novio, entendió que no deseaba vivir sumergida en una vana esperanza.
La única que tenía fe en su regreso era la madre del soldado, que repetía todo el tiempo que su hijo no estaba muerto.

— ¡Por favor, Sebastián! Déjame decirte las cosas que yo siento: cada día, cada noche, el miedo consumía mi corazón; cada día, cada noche me imaginaba lo peor, nadie me brindaba tranquilidad.

—Acá estoy mi amor. Te escribí muchas veces, incluso sabiendo que las cartas no llegarían en medio del infierno, pero te escribía igual cada vez que podía. Por ti olvidé bombas, balas, sangre, y el espanto, porque  me prometí que mi corazón seguiría latiendo para volver a estar juntos.

—Yo no creí que verte de nuevo fuera posible y perdí la esperanza; el miedo era un gran dolor y busqué alivio para ese dolor. No podía alimentar el amor que nos teníamos basada en una supuesta ilusión de que estuvieras con vida. Pensé que me volvería loca...Y loca estaría, si no hubiese encontrado alguien…Él estuvo junto a mí cuando no recibía noticias tuyas, y fue mi apoyo cuando me sentía tan sola.

Gabriela baja la cabeza e intentando finalizar la conversación agrega:

—Nosotros Sebastián, ahora somos dos extraños.

Sebastián la quiere, y nada puede reprocharle. Sabe que su amor simplemente ha sido adormilado por el distanciamiento entre ellos. No quiere presionarla pero mantiene firme su decisión de recuperar a Gabriela.

—¿Me darías un último beso?

— No. De verdad... Sebastián de verdad, no puedo. La chica que amabas se ha ido, aquel amor que teníamos también.

—Entonces, parece que tienes razón, ahora somos dos extraños— dice sombríamente el oficial.

Por una esquina, aparece la madre del muchacho. Corretea feliz e increpa a la gente que hace fila frente a la panadería.

—¿Lo vieron?— exclama con algarabía en medio de la calle— ¿Lo ven ahora todos? ¡Sebastián  regresó!

Varios enfermeros surgen presurosos detrás de la madre de Sebastián. La tratan con amabilidad intentando que suba a la ambulancia. Es otra madre que no asume la desaparición de su hijo. El sanatorio está lleno de pacientes que aseguran ser visitados por fantasmas. Son huellas que deja la tragedia de la guerra en los sobrevivientes.
Gabriela la observa en silencio. Si Sebastián ha regresado o no, ya no importa.
 Ella ha escogido  seguir tranquilamente con su vida actual.
«Un soldado desconocido que se hace presente cada tanto, para dar vueltas por el pueblo, es malo para los negocios.» Eso le había dicho a Gabriela su marido, en reiteradas ocasiones, cuando alguien mencionaba que  habían visto el fantasma del soldado rondando en el pueblo.
 Este chisme se convirtió en: La leyenda del soldado de Santa Rita.
Dicen que amaba tanto a una mujer que huyó de la muerte, que en medio del fuego, el tormento de los gritos y a pesar de las heridas sufridas, hubo un oficial que pudo ver a la figura de la Muerte acercarse y  logró escapar de su destino escondiéndose de ella, para así regresar junto a su novia. Y esa muchacha vivía en Santa Rita.
Una leyenda que les aseguro es real.
Sebastián me contó lo sucedido en ese pueblo y arrepentido, me pidió disculpas.
El amor es engañoso para todos, menos para mí.
Yo la Muerte, sigo siendo la única eterna. Cuando se escapa un alma enamorada sé perfectamente que termina regresando conmigo.
No está impregnado de maldad ni de egoísmo mi trabajo, siendo la Muerte, nada significa un final para mí, todo eventualmente se trata de un nuevo principio y llegará el día en que Gabriela y Sebastián podrán reunirse en mejores circunstancias. Lo mismo, le he prometido a su madre y a diferencia de los hombres, yo mantengo mis promesas.


FIN




Autor: MenteImperfecta © Adriana Cloudy Todos los derechos reservados
ARGENTINA



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