miércoles, 16 de julio de 2014

Entre garras y colmillos




























Todos deseamos tener una historia de amor. Hay historias de amor que se gestan dentro de la inocencia de los primeros años de escuela, otras que nos confunden en la adolescencia. Algunas prohibidas, otras trágicas, y  a veces, como en mi caso, historias de amor demasiado inusuales.
Mi hogar son varias hectáreas de campo y una casa bastante grande. Vivo con mi madre, perdí a mi padre a los trece años, y desde entonces me convertí en la única compañía de mi progenitora.
Los años pasaron sin darme cuenta y la posibilidad de casarme y formar una familia también. Mi madre es una mujer conservadora y estricta,  creo que jamás dejó de verme como una niña. Cuida celosamente de la propiedad que heredamos de mi padre, tanto la casa como los campos dedicados a la crianza de ganado ovino. Yo nunca me aparté de su lado, quizás por nuestro limitado círculo de amigos no tuve oportunidad de conocer alguien para casarme o quizás porque, a pesar de mi edad, todavía permito a mi madre decidir sobre el destino de mi vida.
Recuerdo la noche que lo conocí. El rugir de la tormenta me despertó y fui hasta la cocina por un vaso de leche. Unos golpes afuera hicieron que mirase por la ventana. La cocinera, nuestra única empleada domestica, dormía profundamente. Y ahí estaba él bajo la lluvia, tirado en el suelo de nuestro huerto. Tenía el torso desnudo y estaba herido. La sangre manchaba sus hombros.
La lógica me decía que debía despertar a mi madre y pedir ayuda, que el desconocido podía ser un hombre peligroso, pero era tan joven que no pude evitar ir en su ayuda.
Delgado, joven y hermoso fueron las tres palabras que azotaron mi mente cuando lo hice entrar a la cocina. Con la voz entrecortada me pidió que lo ayudara a esconderse; enseguida el sonido del galope de los caballos me confirmó que era perseguido. Lo llevé al sótano limpié sus heridas y le di un poco de leche, me sonrió y entre el dolor perdió la conciencia. Por primera vez en mi vida me ruboricé. Ese hombre que tendría unos veinte años necesitaba cuidados y yo por primera vez tenia un secreto. Acomodé cajones y barriles para que nadie al entrar pudiese verlo. Durante el día aproveché la siesta de mi madre para bajar al sótano darle de comer, y limpiarle las heridas.
La noche me entregó una sorpresa.
Cuando Julia y mi madre se durmieron pude regresar al sótano. El muchacho no estaba; se había marchado. Pensé que había huido para seguir escapando de los hombres a caballo que lo buscaban. Pero un sonido me indicó que alguien, todavía permanecía en el sótano.
Detrás de las cajas un enorme animal estaba acostado. Un lobo negro de gran tamaño. El joven había escapado, al ver al lobo. Un lobo herido. La ventana del sótano se encontraba abierta, su intromisión se debía a que buscaba comida. Corté unos embutidos que colgaban del techo y me acerqué para dárselos.
Yo creo que nada me importaba si el animal me mataba y por eso me arrodillé a su lado. Entonces llevada por mi instinto busqué entre su pelaje hasta que mis dedos rozaron unas heridas. Apoyé mi cabeza en su costado y escuché el latido de su corazón. Un corazón que conocía lugares que yo nunca había visto, un corazón que no obedecía a nadie.
A la  siguiente noche, el joven, reapareció. Cualquier persona supersticiosa hubiese dicho que él era el lobo, en ese instante me reí interiormente al pensarlo. Conversamos bastante, sobretodo me hizo preguntas acerca de mí, y sentí vergüenza de estar hablando de mi aburrida vida con un muchacho al que le llevaba unos quince años. Vergüenza que me hiciera sentir una niña cada vez que sonreía. Le prometí ropa y dinero para que pudiese seguir su viaje y le pedí encarecidamente que no hiciera ruido. Si Julia, la cocinera, lo hallaba le avisaría a mi madre y ella traería alguno de nuestros peones.
Afortunadamente el fin de semana mi madre decidió aceptar un viaje con una tía para asistir a una procesión de la Virgen María. Entonces lo invité a entrar a la casa. Preparé el baño para que pudiese higienizarse. No le tenía miedo. Creo que lo qué en realidad me intimidaba, era la ternura con la que me trataba. Nunca un hombre había sido de esa forma conmigo. Con la bañera llena de agua caliente lo ayudé a sumergirse en el agua y con una esponja me dediqué limpiar las heridas de su espalda. Unas marcas profundas formaban cruces rojas en su espalda. La clara señal de latigazos recientes, el muchacho era un peón. Muchas veces vi a los capataces castigar de esa forma a los jornaleros y mi madre nunca intervenía, les daba total libertad para tratarlos de aquella violenta manera.
El roce de su piel me estremeció, y cuando tímidamente me dijo que nunca había visto a una mujer desnuda, me sentí turbada pero no lo suficiente como para evitar que desatara los lazos de mi vestido.
Joven, hermoso, fuerte y con unos enormes ojos oscuros de mirada profunda. En pocos minutos permití que me tomara entre sus brazos y le hice lugar entre mis piernas. En mi cabeza no había sitio para el pudor y menos para pensar en las consecuencias. Porque como supe más adelante: todo pecado tiene una consecuencia en nuestra vida, y su correspondiente castigo.
Cuando me confesó que él era el resultado de un pacto que había hecho su madre con el diablo ; pensé que era sólo la broma de un adolescente que deseaba impresionar a una mujer mayor. 

Entonces me dijo:

- Te prometo que no voy hacerte daño.

  
Me desperté en mi cama. Y me sentía eufórica con la necesidad urgente de correr, correr lejos, muy lejos de la prisión que era mi vida. En la planta baja, mi amante estaba en la entrada y daba vueltas buscando salir, se veía fuerte y sano. Ya era de noche y un enorme lobo arañaba la puerta de entrada. Le permití irse.
Al alba,  había regresado para amarme nuevamente. Estaba tan claro que el diablo me había enviado un amante al olvidarse de mí nuestro Señor, en lo concerniente al amor de pareja. Mi madre apareció antes de lo previsto y nos encontró juntos. Reaccionó tal como me lo esperaba. Me abofeteó, me llamó ramera, mencionó un listado de parientes a los que había agraviado y amenazó con lanzarme los huesos de mi padre en la cara. Mi amante huyó como un niño que sorprenden robando dulces. Y fue mejor, el enfrentamiento era de madre e hija. Yo era una desagradecida que la ofendía con mi comportamiento inmoral. Decidí irme pero ella me sujetó de la mano, y arrastrándome con ayuda de Julia; me encerró en el sótano. Tres noches estuve sin comer, sin dormir, sin saber si algún día saldría. Escuchaba voces de varios peones del campo. Hablaban de ovejas muertas, de pérdidas irreparables, porque eran demasiados animales muertos.

Al cuarto día la luna me liberó. Y mi vida cambió para siempre. Mi madre les dijo a todos que yo había muerto en un accidente. Ella nunca supo que pasó conmigo, ni estaba cerca de imaginarlo.  Como toda dama aferrada a sus reglas prefería una hija muerta antes que una hija que hubiese escapado con un hombre. Las ovejas siguieron muriendo. Los peones intentaban en vano eliminar a una manada de lobos que  tenia su zona de caza dentro de nuestro campo.

- Señora- le dijo el capataz a mi madre- son muy listos y los guía una loba que sabe como evitarnos, cada noche cambia su forma de ingresar a las tierras. Pero está preñada y se ha vuelto lenta,  creo que pronto podremos matarla.

- No. - respondió mi madre - Dejen de gastar balas. Cuando no haya más ovejas se tendrán que ir.

- ¡Señora va a perder todo el patrimonio! ¿No se da cuenta que se alimentan gratis cada noche? 

 Replicó el capataz

-Entonces venderé todo. Pero los lobos, aunque crean que ganaron aprenderán que el mundo no es tan generoso.

Y es verdad. El mundo es difícil y  la libertad tiene un precio, pero a veces vale la pena pagarlo.
 En mi caso pagué por mi amor con garras y colmillos.


FIN



AUTOR: MenteImperfecta ©  Adriana Cloudy











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