miércoles, 21 de enero de 2015

CIERRA LA PUERTA



CIERRA LA PUERTA


Cuando éramos niños, nuestros padres, nos dejaban cada tanto en casa de los abuelos. Teníamos un cuarto solo para nosotros, y en él había un enorme ropero antiguo. Mi hermano no podía dormirse si la puerta del ropero no estaba cerrada con llave. Imploraba que yo fuese asegurarme que no se abrirían sus puertas, cómo si alguien o algo, desde adentro, pudiera salir durante la noche.

- ¡Una bruja!- me decía- una bruja quemada vive en el ropero.

A mí me gustaba gastarle bromas diciéndole: que dejaría la puerta abierta del ropero, si se negaba a prestarme un juguete. Lamentablemente al crecer, mi hermano, no lo superó completamente y se ha convertido en un adolescente taciturno y bastante introvertido. Después de tantos años quién iba a imaginarse que aquel temor, de un niño de cinco años, fuese en cierta forma macabra, justificado.
Los recuerdos que conservo de mis dos abuelos son alegres; aunque mi abuelo siempre fue un hombre bastante sombrío como si un pesar velara su alma. Mi abuela, en cambio, se destaca por ser simpática y muy conversadora, pero también estricta. Hasta su esposo temía contradecirla en sus decisiones.
Abuelo falleció hace dos años y fue desbastador para abuelita. Un día los vecinos le avisaron a mi padre, que ya no era bueno para ella permanecer en la casa sin compañía. Varias veces la escucharon hablar, y hasta mantener acaloradas discusiones, con una persona invisible a la que le arrojaba cacerolas o intentaba espantar con la escoba. Mi padre no tuvo otro remedio que llevarla a un hogar de ancianos. Cada vez que la visitábamos, ella nos decía que por nuestra culpa le robarían su casa. Por supuesto que, dentro de su enfermedad, se daba cuenta que mi padre había puesto la propiedad a la venta. Me ofrecí a realizar un inventario para la inmobiliaria; le pedí a mi hermano que me ayudara y descubrí que a él, todavía lo afectaba el lugar:

-No pueden vender la casa de la abuela- dijo mi hermano caminando en círculos con las manos en los bolsillos de su chaqueta.

-¿Por qué?- le pregunté.

- En ese rincón está Felicia- me dijo señalando una pared- y no quiere irse de la casa.

Y fue el traslado de los muebles, lo que permitió que el resto de la familia encontrásemos a la bruja.
Cuando se movió el viejo ropero, de la parte de atrás, cayeron varias tablas dañadas por los años y la humedad. Tenía un doble fondo, en el escondite se hallaba guardada una pequeña muñeca, con un cuerpo formado por dos palos finitos y cabeza de tela. El principal detalle era un mechón de cabello humano rodeándole la cintura. También estaba adentro, un vestido de señora color celeste comido por las pollillas, doblado de tal forma que tapaba una bolsa de nylon transparente. La bolsa estaba llena de cenizas, entre las que se percibían varios dientes.
 La bruja estaba en el ropero y según el informe policial se llamaba: Felicia Ramirez

¿Quién era Felicia Ramirez?
La respuesta resultaba obvia: un amor clandestino de mi abuelo. La relación fue más que un simple amorío Había sido la mujer con la que intentó fugarse. Pero cuando una tarde de Noviembre armó sus valijas, y le comunicó a mi abuela que estaba decidido a llevar a cabo su separación matrimonial, descubrió que Felicia se había marchado antes; seguramente cansada de esperar que él tomara una decisión.
 Esa era la impresión que todos los conocidos de Felicia tuvieron, y fue aceptada sobretodo por mi abuelo. Los verdaderos hechos que provocaron su desaparición se desencadenaron con todo el odio y  violencia al que llevan las grandes pasiones.
 La muñeca Vudu, había sido el primer recurso de mi abuela para intentar alejar a la amante;  convencida que mediante un hechizo mantenía idiotizado a su marido. Sabiendo que la relación continuaba decidió invitarla a su casa, para persuadir a su rival de que estaba perdiendo el tiempo con un hombre casado. Ella se presentó en el hogar del matrimonio y en una discusión con mi abuela, ambas mujeres, llegaron a los golpes. Y la abuela, decidida a conservar  su marido a toda costa, la había matado de un golpe en la cabeza. Una vez muerta  la desnudó y con ayuda del ácido muriático redujo el cuerpo hasta sus huesos, los que enterró en diferentes sectores del jardín. Y de alguna forma logró convertir su cabeza en cenizas. Guardó lo que consideró importante dentro del ropero. Pero Felicia no se marchó completamente.
Aparecía de vez en cuando...



Mi abuela solía encontrarla en distintos lugares de la casa y mi hermano menor, también podía verla. En la noche le gustaba asomarse por la puerta del enorme mueble.
Mientras escribo siento que alcanzo a comprender el dolor desgarrante de esa mujer. La bruja estuvo atrapada en el hogar del hombre que amó, y por el cual perdió la vida, demasiado tiempo.
La casa no se puede vender. Mi hermano asegura que ahora, Felicia, ya no se esconderá en el ropero, y puede vengarse cuando quiera.
Yo no soy tan fuerte como mi hermano menor. No soporto su presencia y por eso, esta tarde, voy a trae   a la abuela a su casa. Felicia Ramirez la quiere de vuelta.
Es un trato: mi abuela cerrará la puerta y Felicia me dejará tranquilo.
Puedo hacerlo.
Estoy seguro que puedo cerrar la puerta...como cuando era niño. Estoy seguro que...puedo matar a mi abuela como desea el espíritu de Felicia... el único inconveniente es que la abuela lo sabe.

 * * *

Es día domingo, a las tres de la tarde fui por mi abuela al asilo de ancianos. Ambos regresamos a la casa y ella preparó té con limón ; algo que nunca supe sobre mi abuela es que tenía una gran afición por la química y entre sus recetas de cocina guardaba varios consejos sobre el uso de venenos.

* * *

FIN?
El verdadero final de este ha sido escrito para ser leido en un futuro libro.

Autor: MenteImperfecta © Adriana Cloudy  
Octubre 2014 Argentina




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