miércoles, 22 de julio de 2015

VELIKA capitulo 1 ( tercera parte)


Velika

Capitulo 1


Una madre
 ( tercera parte) 



Comunicar nuestro viaje causó preocupación entre la servidumbre; por una lado María esperaba acompañarnos, solo ella, preparaba a escondidas del resto de los sirvientes, la dieta de Velika. Yo agradecía en mi corazón, que pudiese realizar la inusual tarea de preparar su peculiar alimentación. Y Rupert desconfiaba de la situación política que se vivía en Austria. Sin embargo, mi marido aclaró que viajaríamos sólo los tres, y que no debían inquietarse por nosotros.

Por otro lado, Velika, no pareció entusiasmada de tener que abandonar su entorno. Para animarla su padre le aseguró, que conocería los lugares donde Mozart componía y ella tiernamente le dijo que estaba dispuesta a jugar con Amadeus, si él le prestaba su piano. Mi dulce niña hablaba tan convencida de sus intenciones que no podíamos menos que reírnos de su gracia.
Los preparativos fueron tan atractivos como el viaje, varias semanas Velika  disfrutó la visita de la modista, quién nunca la había visto antes, porque ella enviaba sus vestidos, a pedido de mi esposo.
La modista era una regordeta mujer que vestía de rojo y negro, llegó acompañada de una delgaducha jovencita de largas trenzas. Las dos se sorprendieron del porte de una criatura tan pequeña.

- ¡Es la imagen viva de un princesa celestial!- exclamó exageradamente cuando la vio entrar al salón. Me sentí orgullosa e incómoda, no aprobaba que sus disparatadas observaciones convirtieran a mi hija en una vanidosa. Por suerte, Velika no parecía entender los halagos que recibía de las extrañas mujeres.

Tanto la modista como su ayudante admiraron embelesadas el largo cabello rubio plata cuyas puntas terminaba en un rizo, y que normalmente lo llevaba peinado. Duscha y yo inventábamos diferentes peinados para satisfacer la coquetería de Velika. Y la piel que jamás había sido tocada por el sol, le daba una imagen angelical. Claro que no todos pensaban igual; entre nuestro personal de servicio, Velika producía diferentes reacciones, como pude descubrir una tarde al escuchar una conversación:

- ¡La niña es tan obediente! muy diferente a mis hijos, esos son unos verdaderos salvajes que en vano intento corregir con buenas palizas- le decía Olga a Myriam, ambas mujeres se encargaban de la limpieza y el lavado de la ropa y tenían acceso a todos los cuartos de la casa. A lo que Myriam, con el descaro que invita el creer que nadie escuchaba, exclamó – Pues la verdad a mí, la niña me causa miedo...hay algo que no puedo explicar, te juro que intento no cruzarme con ella ¿No te parece extraño que le permitan estar despierta hasta avanzada la noche?

Pasé por alto esa impertinencia porque, después de todo, los sirvientes no pueden guardar una extrema simpatía hacia sus amos, pero fue mi primera advertencia sobre la impresión que mi hija podía causar a los extraños. 




Con media docena de vestidos nuevos se cerraron los baúles y maletas. Todo estaba listo para emprender el viaje. A Duscha le fueron pagaron dos meses adelantados de sueldo, y se le informó que mediante una carta se le avisaría de nuestro regreso. Ella nos dijo que aprovecharía sus vacaciones forzadas, para visitar a su madre en Moscú. Nuestro itinerario estaba arreglado para arribar a la capital de Austria durante las primeras horas de la noche. Al llegar a Viena inmediatamente nos dirigimos al hotel donde, un amigo de mi esposo, había pagado previamente nuestra estadía. Y nunca supe cuales habrán sido las recomendaciones que se hicieron acerca de nosotros porque, para nuestra sorpresa, salieron a recibirnos con pompa y honores. El conserje, apareció acompañado de tres botones del hotel y nos saludó efusivamente:

- ¡Doctor Nikolai Gusev y señora Gusev, bienvenidos al corazón del Imperio! ¡Es un honor contar con vuestra presencia!

 El simpático austriaco me ofreció su mano, y realizando una reverencia, me ayudó a descender del carruaje. En la entrada dos violinistas interpretaban un vals vienes en nuestro honor. Varios transeúntes se detuvieron para ver quienes eran, los célebres viajeros. Me resultó bastante vergonzoso el pequeño revuelo que provocamos, sin embargo, fue Velika, quien despertó la admiración de los huéspedes y del personal del hotel. Vestida con un abrigo color rosa y llevando unas mariposas y cintas blancas en su pelo, todos se maravillaron de  lo bonita que se veía. Caminaba frente a nosotros con la mirada en alto, y llena de curiosidad al verse rodeada de tantas personas desconocidas. Permitió que dos abuelitas besaran sus mejillas y acariciaran sus bucles. Respondió con gran desenvoltura cada demostración de ternura, agradeciendo en un perfecto alemán e incluso hasta en inglés.
 La mayoría de nuestros paseos por la ciudad de Viena fueron nocturnos, de esta forma Velika podía acompañarnos. Teníamos a favor que el ocaso se presentaba más temprano, porque estábamos en Otoño, permitiéndonos recorrer la fastuosa ciudad con nuestra hija, desde antes del anochecer. Fuimos a la Opera, y a varios bares donde escuchamos: en algunos a las orquestas tirolesas y en otros recitar sus versos a los poetas. Asistimos a un baile de gala y nuestras excursiones favoritas fueron la visita a los museos de arte y las casas algunas difuntas celebridades austriacas.



Una mañana, cuando ya sabia de memoria que calle tomar para regresar al hotel, me permití una caminata en solitario. Encontré una tienda de libros y le solicité al encargado que me recomendase algunas novedades en literatura. Me mostró varios títulos, guardando sus elogios para una novela británica que, según el dueño de la librería, era un éxito en ventas. El autor se llamaba Bram Stoker y estaba logrando reconocimiento con su obra: Drácula.  Stoker, se había basado en la figura de un héroe rumano para dar rienda suelta a una siniestra historia. La novela tenía como protagonista a un aristócrata strigoi, el más poderoso que jamás se hubiese conocido.
Examiné el ejemplar mientras escuchaba las adulaciones del vendedor. Las leyendas de mi tierra natal estaban narradas oscuramente por un inglés. - ¡Por el amor de Cristo!- pensé - ¡Cómo se atrevió a retratar a nuestros nobles como unos monstruos inmorales!
 Observé el titulo grabado tratando de contener mi indignación. Pagué sin hacer comentarios por el libro y lo guardé enseguida en mi bolsa. Yo misma tenía que saber de que se trataba.
 El temor hacia los strigoi, durante años, había provocado una histeria colectiva en toda Europa. La emperatriz Maria Teresa de Austria estuvo muy interesada en el vampirismo: el mito del vampiro provocaba la profanación de las tumbas. Una buena católica como ella, no podía permitir tales ofensas al eterno descanso de los muertos. Se decía, que en varias regiones las estacas estaban preparadas para atravesar el corazón del muerto; apenas el sacerdote terminaba el responso se cortaban cabezas y realizaban otras vejaciones  similares a las que yo había visto en el sepulcro de Irina. Los bebedores de sangre, que atormentaban el mundo de los vivos, fueron buscados en toda la región de los Cárpatos. La emperatriz había confiado la importante misión, de comprobar la veracidad de los supuestos casos de vampirismo, a un eminente médico holandés. Quien le confirmó a su majestad que semejantes criaturas no existían. ¿Qué habría pensado Gerard van Swieten acerca de Velika?

 Entré al cuarto del hotel sin hacer ruido, Nikolai y Velika dormían profundamente. Aquel día fue la primera vez que le oculté algo a mi pareja, escondí el libro entre la ropa que permanecía en un baúl de viaje, y luego durante el almuerzo traté de disimular mis alterados nervios frente a mi esposo. Decidí leer la novela cuando estuviese en mi hogar. No deseaba obsesionarme con la idea de los vampiros, porque sólo provocaría problemas en mi matrimonio o peor todavía, yo también terminaría presa de la demencia que consumió a Irina.

A pesar de mi esfuerzo, cada vez me costaba más fingir que éramos una familia común. No existían los amigos que nos visitaran o los parientes maliciosos que desparramaran chismes, y sin embargo, sentía que no podríamos mantener ocultos los hábitos de nuestra hija durante mucho tiempo.
En Viena, mi esposo se las arregló para conseguir sangre de un matadero, y a escondidas en nuestro cuarto, todas las noches la alimentábamos. Aquel viaje familiar no fue únicamente para darnos un descanso de la rutina doméstica. Nikolai había descubierto un especialista en comportamiento compulsivo. El facultativo informado de cada detalle sobre la salud de Velika, por un intercambio de cartas con Nikolai, insistió en conocer a nuestra hija.
 Una nueva corriente de la medicina se fortalecía, defendiendo una teoría sobre la raíz de ciertas enfermedades; dicha teoría consideraba que muchos síntomas manifestados por el enfermo podían tener su origen en la mente. Los estudiosos, según me explicó mi esposo, se buscan en el subconsciente, la causa que impulsa al enfermo a mantener determinado vicio o comportamiento, y una vez descubierto, realizan el tratamiento apropiado para curar definitivamente al paciente de su infame condición.


El doctor Frederich S. había insistido especialmente que no se le dijera a Velika, sobre la visita que haríamos a su hogar y tampoco mencionarle que en dicha casa vivía un doctor.  Frederich S. era un hombre joven y muy guapo; sus ojos azules poseían un brillo travieso y en sus actitudes demostraba un exceso de simpatía con la personas; al ver su vivacidad no se podía pensar que fuese un formal catedrático; conservaba el aspecto de un estudiante en sus primeros años. Conversamos los tres, compartiendo un café en la biblioteca, y permitimos a Velika dar vueltas por la casa, que constaba una sola planta. El doctor era soltero y no necesitaba demasiado espacio. Uno de los cuartos estaba destinado a recibir a los pacientes y en ese cuarto, más tarde, nos esperaba una sorpresa.



Continuará...



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Velika  2015  Autor: Adriana Cloudy   Todos los derechos reservados ©

1 comentario:

Irissë Eärwen dijo...

El doctor es vampiroooooooo