domingo, 4 de octubre de 2015

VELIKA CAPITULO 1 Una madre ( décima parte)



Velika

Capitulo 1

Una madre
( décima parte)



Nunca pudimos encajar en el entorno social de Rostov. Un nuevo médico, acompañado de su familia, instalado en la ciudad fue el centro de atención durante un par de semanas; varias esposas de médicos y algunos vecinos de nuestra cuadra, acudieron a nuestra casa, movidos por la curiosidad.  Los colegas de mi esposo reclamaban  que los tres participáramos de sus almuerzos de bienvenida. No fue fácil eludir este tipo de reuniones. Y menos fácil era explicarles que Velika no podía estar en contacto con la luz del sol. Y que después de  vivir rodeados de bosques necesitábamos un tiempo de adaptación a la ciudad. Varios respetaron nuestra intimidad pero, otro facultativo, usando su jerarquía en el hospital, insistió en presentarnos formalmente en una fiesta. La primera y última a la que fuimos invitados.
La fiesta reunió a varias familias de alcurnia con sus respectivos hijos; matrimonios que se conocían mutuamente. Nosotros éramos los invitados de honor y todos esperaban expectantes nuestra participación en la velada.  El anfitrión, el doctor Boris Petrov, nos presentó destacando la presencia de nuestra pequeña hija. Como sucedió en Viena, varios se maravillaron del aspecto mágico e irreal de Velika,  y todavía más cuando Nikolai propuso que tocara el piano. Velika cosechó los aplausos y la admiración de los aburridos adultos.
Pero ella no causó la misma impresión entre el grupo de niños, cuando fueron retirados a un salón de juegos, una de las niñas, celosa de mi hija por haber llamado la atención de los mayores, la criticó mordazmente. Atosigó por un rato a Velika diciéndole que tocar el piano como una marioneta no era algo trascendental. Esta humillación provocó la risa  de los pequeños, que burlonamente junto a la niña, incitaron a que Velika hiciera algo realmente asombroso. Algo que demostrará que tenía un talento real. Velika  desconocía la crueldad de los niños, sin embargo reaccionó con calma y le pidió a la niña que le mostrara  su antebrazo; le aseguró que podía morderla sin que ella sintiera dolor. Al principio la niña rechazó la propuesta pero luego, seguramente sabiendo que tal agresión seria causa de castigo, aceptó el desafío de mi hija.
 La chiquilla tenía planeado gritar apenas le clavaran los dientes. No era la intención de Velika dañarla, había desarrollado delicadeza y suavidad para extraer sangre con sus dientes sin provocar sufrimiento. Los pequeños aliados de la niña mayor festejaron poder presenciar una mordedura.
 El juego resultaba  típico de niños como tirarse del pelo o pellizcarse; aguantar una mordida no era tan inusual sólo que no resultó como esperaban. A los pocos segundos, de que Velika la mordiera, la chiquilla se desmayó sin emitir ni un gemido. Los otros niños, asombrados con el ruido seco que hizo el cuerpo destartalado al caer sobre la alfombra, salieron corriendo alertando a los adultos. La niña al despertarse estaba perfectamente, pero nosotros no supimos como padres que cara poner para explicar el peculiar juego de nuestra hija.
No reprendimos a Velika, ella se mantuvo en la escena provocada por su juego con un aire distante.
 En casa, su padre conversó sobre lo ocurrido antes de acostarla para dormir; entendió que tenía que evitar provocar miedo a otros niños, que seria mejor tratar de ganarse la confianza y simpatía de los demás. Después de todo, de esa forma vivimos, escondiendo lo que nos molesta o nos duele sólo para ser aceptados por una sociedad que no quiere ser perturbada por algo que no alcanza a comprender.






También tuvimos una vecina cuyo dormitorio coincidía hacía el lado de las ventanas del ático. Pude comprobar que solía observarnos a diario interesada en el movimiento nocturno de nuestro hogar. Tanta era su morbosa curiosidad que incluso, la chismosa, realizó en varias oportunidades suspicaces preguntas a Maria, cada vez que se había presentando la ocasión, de cruzarse con nuestra cocinera en la calle. Las únicas visitas agradables que recibimos mientras vivimos en Rostov fueron las realizadas por el médico austriaco, solía presentarse con los brazos colmados de libros, juguetes y dulces y esperaba ansioso que oscureciera para poder compartir la velada con Velika. Apreciábamos mucho al doctor Frederich S. no hubo nadie que demostrará respeto y afecto por nuestra hija como él.


Continuará...




Velika © Autor Adriana Cloudy
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